Brahim Díaz, delantero de Real Madrid, pudo darle la Copa África a Marruecos con un penal polémico y agónico, pero ocurrió la «tragedia»…
50 AÑOS esperó Marruecos para consagrarse campeón de la Copa África después de aquella única ocasión en 1976. Su calidad de anfitrión de la última edición era el marco óptimo para romper la sequía y darle felicidad a un pueblo que el 99% del tiempo debe pensar en cómo afrontar los problemas económicos y sociales de la vida cotidiana.
Es más: el creciente nivel de su fútbol traducido en el cuarto puesto en el Mundial de Qatar la proyecta hasta como candidata en la próxima edición y la potencia como aspirante al título en la de 2030, cuando sea uno de los organizadores.
Pero no hay por qué irse tan adelante cuando la dicha está al alcance de la mano, o de un derechazo. Es 18 de enero de 2026 y Brahim Díaz, compañero de Franco Mastantuono en Real Madrid y autor de 21 goles en casi 140 partidos con la insignia Merengue, tiene la responsabilidad de desatar la locura de todo un país expectante y ávido de festejo.
La llave de la felicidad fue otorgada por un penal en tiempo de descuento que originó enorme polémica y la protesta de los rivales de Senegal que hasta se fueron al vestuario indignados por la decisión arbitral. Recién nueve minutos más tarde se produjo la ejecución para dilucidar la trama cinematográfica de un partido de locos.
Pero Brahim no la puso contra un palo para hacerla inalcanzable; no la reventó fuerte y al medio para asegurar. No: la picó de manera temeraria, irresponsable si se quiere, al mejor estilo Sebastián Abreu en Sudáfrica 2010 pero con resultado diferente. Su derechazo manso como una paloma le cayó en las manos a Mendy y desató primero un sonoro silencio, de esos profundos, que hasta duelen en los oídos de tan densos. Después, la indignación, el estupor, la bronca y un cóctel de sensaciones que decenas de miles de hinchas que abarrotaron el estadio Prince Moulay Abdallah experimentaron todas al mismo tiempo. Hasta su entrenador, Walid Regragui, pareció reprocharle la arriesgada (y equivocada) decisión cuando se acercó al banco.
¿Y la del propio Ibrahim? Imposible describir el blend de sentimientos amargos que evidenciaba su rostro y azotaba su interior hasta carcomerle el alma. Rompió en llanto incluso cuando lo reemplazaron en el minuto 101, en pleno tiempo suplementario, para decantar su amargura sentado, o mejor dicho, arrumbado en el banco de suplentes.
Hasta el premio al goleador del torneo que le otorgaron por haber marcado 5 tantos en 7 partidos pareció una broma irónica que no tuvo más alternativa que aceptar mientras todo el mundo le colgaba la medalla virtual de culpable de la desgracia marroquí.
Lo que vino después no fue más que la confirmación de que no utilizaron un fusil, pero sí lo acribillaron con palabras.»Se lo reprocharé toda la vida. Es una falta de respeto al partido, a la final, al continente, tirar el penal así», dijo sin miramientos en RMC Sports, Régis Brouard, entrenador y analista.
Khalid Boulahrouz, exfutbolista de ascendencia marroquí pero con 35 partidos en el lomo con la Selección de Países Bajos, reflexionó: «No eres Zidane, no eres Ronaldo, no eres Hakimi. No tienes ese estatus. Puede que hayas marcado cinco goles… pero esto es extremadamente doloroso».
La manera de ejecutar el disparo resultó hasta grotesca y desató además una ola de elucubraciones tras la convalidación cuasi escandalosa de la falta por un agarrón casi imperceptible, revisado de manera insistente y minuciosa por el VAR que logró su cometido de hallar la aguja en el pajar. Los jugadores de Senegal casi no festejaron el yerro de su colega. ¿Y si hubo un pacto tácito para que el penal no se tradujera en gol?
Sin embargo, el propio arquero al que le cayó en las manos un regalo como si Papá Noel hubiese depositado en su regazo aquello que le pidió para Navidad, descartó la teoría. «Por supuesto que no. Hay que ser serios. ¿De verdad alguien piensa que, a un minuto del final y con un país entero esperando este título desde hace 50 años, podemos ponernos de acuerdo en algo así? Él quiso marcar y yo hice mi trabajo parándolo, nada más», sostuvo Mendy.
La celebrada decisión de representar a Marruecos por sus raíces paternas tomada en 2024 ante el desinterés de España por convocarlo, es hoy una determinación que muchos lamentan y por ahora aparece como inimaginable una posibilidad de enmendar el error no forzado que truncó la oportunidad única de desatar la euforia medio siglo después.



