PSG cambió. Es otro. Por primera vez desde que se volvió un club súper millonario, sacó el foco de contratar a grandes figuras y lo puso en armar un equipo con todas las letras.
Los frutos llegaron rápido: hoy festeja ese golpe de timón con el arribo al partido más deseado, la final de la UEFA Champions League.
La primera decisión rupturista fue contratar a Luis Enrique, un entrenador que se caracteriza por prestarle mucha atención a la conformación de un equipo, pensado como un grupo de buenos futbolistas (aunque no sean estrellas fulgurantes) que se complementen bien entre sí.
Luego, sus últimos mercados de pases, con un perfil mucho más bajo.
Se le fue Kylian Mbappé y no salió desesperado a fichar a una figura de talla equivalente.
Recuperó a Ousmane Dembelé, cuya carrera había entrado en una senda zigzagueante, imprevisible. A tal punto lo encaminó y recargó, que fue clave en la serie de semifinales ante Arsenal, al anotar el gol del triunfo en el partido de ida.
Y encontró el balance. Ese ítem que había sido su gran falencia en los últimos años.
PSG ya no es ‘el equipo de…’. Ahora es un conjunto, una amalgama de buenos jugadores que se entienden muy bien dentro del campo de juego.
El 31 de mayo en Munich, Alemania, y ante Inter buscará coronar su transformación con el título más importante.



